22 de diciembre de 2011

Lo cortés no quita lo valiente


Joseph Mallord William Turner (1775-1851). La Batalla de Trafalgar,
en la cubierta de estribor de la nave Victoria (1806-1808)
Óleo sobre lienzo. 172,7 x 238,8 cm.
Tate Gallery. Londres
(Pulsar sobre la imagen para ampliarla)

El 21 de octubre de 1805, una flota combinada franco-española, al mando del vicealmirante francés Pierre de Villeneuve (1763-1806), con el teniente general del mar Federico Gravina (1756-1806) como jefe de la escuadra española, que había salido dos días antes del puerto de Cádiz rumbo a Nápoles (con la manifiesta oposición de los marinos españoles que recomendaban esperar, por ser el viento desfavorable y aproximarse una tempestad a la zona), antes de llegar al estrecho de Gibraltar, se encontró con la Armada Británica, a las órdenes del vicealmirante Lord Horatio Nelson (1758-1805), que la estaba esperando frente al cabo de Trafalgar.

La batalla de Trafalgar no sólo se convertiría en una de las más importantes de la historia naval sino que influiría, de modo significativo, en el futuro de las naciones que participaron en ella.

En el complejo y variable entramado de las relaciones internacionales de la época, en tiempos de la batalla de Trafalgar, la España de Carlos IV (o, habría que decir mejor, de Manuel Godoy (1767-1851), que era quien manejaba realmente los hilos del poder) se había comprometido con Napoleón no sólo a contribuir económicamente a la guerra contra el enemigo común, la Gran Bretaña, sino a poner a su disposición a la Armada Real preparada para el combate.

Sin embargo, la situación en la que se encontraba la flota española, en aquel momento, no era la deseable para la guerra en el mar. La reciente epidemia de fiebre amarilla que había azotado Andalucía había dejado a la flota española sin la cantidad suficiente de tripulantes, por lo que muchos marineros tuvieron que ser reclutados en una apresurada y obligatoria leva. Estos marineros eran de diversos orígenes: mendigos, campesinos, soldados de infantería... Más tarde, Mazarredo comentaría: "Llenamos los buques de una porción de ancianos, de achacosos, de enfermos e inútiles para la mar." El mismo estado de los buques era lamentable, tanto que algunos capitanes españoles habían sufragado de su bolsillo las reparaciones y la pintura de sus barcos para no quedar deshonrados ante los capitanes franceses.

La batalla duró unas seis horas. La flota franco-española quedó, prácticamente, aniquilada. Francia perdió doce de sus dieciocho barcos y España diez de los quince barcos con los que luchó. Lo peor: los muertos y heridos. El número de bajas españolas fue de 35 jefes y oficiales y 1.022 marineros y soldados muertos, y 31 jefes y oficiales y 2.405 marineros y soldados heridos. En Trafalgar murieron, entre otros muchos, Cosme de Churruca, alcanzado por un disparo de cañón en una pierna, Luis Pérez del Camino Llerena, Dionisio Alcalá Galiano y Francisco Alcedo y Bustamante. Gravina moriría pocos meses después a causa de las heridas que sufrió en la batalla. El número de bajas francesas fue aún mayor: unos tres mil trescientos muertos, más de mil doscientos heridos y unos quinientos presos por los ingleses. Entre los prisioneros estaba el propio Villeneuve. Las bajas inglesas fueron: 449 muertos, entre ellos el vicealmirante Nelson, y 1.241 heridos.

Para mayor desgracia, esa misma noche se desató la tormenta que los marinos españoles habían previsto. Algunos, de los hombres que habían sobrevivido a la batalla, naufragaron y perdieron la vida. La tormenta duró hasta el día 27. Los barcos españoles que pudieron, y algunos franceses, volvieron a refugiarse en Cádiz. El vicealmirante Collingwood, que había quedado al mando de las fuerzas británicas tras la muerte de Nelson, decidió perseguirlos con una parte de sus naves, y estableció el bloqueo del puerto de Cádiz.

Fue entonces, en medio de tantos horrores, cuando se manifestaron los mejores valores humanos. Así queda patente en la correspondencia que mantuvieron el vicealmirante Cuthbert Collingwood (1748-1810) comandante de la Marina Británica que bloqueaba el puerto de Cádiz, y Francisco Solano y Ortiz de Rozas (1768-1808) Marqués del Socorro y de la Solana(1), Gobernador de Cádiz, redactada en el elegante lenguaje de la época y plena de buena educación, respeto y humanidad, algunos de cuyos párrafos transcribo a continuación, copiados, literalmente, del libro Historia del Real Colegio de Cirugía de la Armada de Cádiz, de Diego Ferrer.(2)
"Seguramente la proverbial elegancia que ponían los marinos en la lucha, debió inspirar la frase 'lo cortés no quita lo valiente'. Vamos a transcribir fragmentos de la correspondencia establecida entre el almirante inglés Collingwood y el Marqués de la Solana, Gobernador de Cádiz, en la que se aprecia el señorío y fino estilo de la época.

En la primera, Collingwood dice:

'Fragata Eurygalus, frente a Cádiz, 27 de Octubre de 1805. Sr. Marqués: Siendo considerable el número de súbditos españoles heridos en la última acción del 21 del corriente, entre la escuadra británica y la combinada española-francesa; la humanidad y mis deseos de aliviar sus padecimientos me impelen a ofrecer a V. su libertad, con el fin de que puedan ser debidamente asistidos en los hospitales de tierra, con tal que V.E. envíe buques para recogerlos, un oficial autorizado para dar recibo a su entrega, y que V.E. en su contestación a mi carta, los reconozca como prisioneros de guerra que se van a canjear, sin poder hasta entonces volver al servicio.

Permítame V.E. asegurar mi alta consideración, con lo cual soy, etc. Firmado: Collingwood.'

En consecuencia recibió como contestación:

'Cádiz 28 de Octubre de 1805. Excmo. señor: La carta que V.E. se ha servido dirigirme con fecha de ayer me ha sido entregada hoy por un parlamentario. Es para mí una prueba más que a V.E. le distinguen tanto sus sentimientos de humanidad, como su valor en el combate. Lo que V.E. propone en alivio de los desdichados heridos que se hallan en su poder, honra tanto sus sentimientos de generosidad, que he resuelto, de acuerdo con el general Gravina, que cuando mañana si el tiempo lo permite, se presenten las fragatas de la escuadra combinada a recibir nuestros heridos, lleven a V.E. todos los oficiales y demás individuos de la escuadra inglesa que hayan caído prisioneros después de la acción y que se hallen en este puerto. Al enviarlos a V.E. me atrevo a suplicarle que tenga a bien dar su asentimiento a un canje de prisioneros que tenía concertado con el vice-almirante Orde y Lord Nelson, cuya muerte he sabido con sumo sentimiento mío: como resultado de este asentimiento, ruego a V.E. otorgue su anuencia, que no sean sólo los heridos los que vuelvan a esta población, más también los demás prisioneros españoles y franceses, particularmente el Jefe de escuadra Cisneros y otros comandantes, que añadirán el homenaje de su gratitud al que ya pagan al valor de V.E.


Este es el mayor favor que puedo recibir de V.E., y puedo darle la seguridad de que todos aquellos ingleses que no puedan volver al momento a la escuadra del digno mando de V.E., que serán los que no lo puedan ejecutar por la asistencia que necesitan todavía, irán en cuanto lo permita la convalecencia de las heridas que han sufrido en el naufragio; y V.E. puede estar bien seguro que mientras estén en tierra española, serán servidos con la lealtad y liberalidad que corresponde a la hidalguía castellana.

Añadiré que si V.E. cree que todos sus heridos pueden estar mejor asistidos en tierra, tendré el mayor gusto, y me haré un deber de proporcionarles todos los medios para que se curen aquí, si V.E. quiere confiármelos. V.E. más que ningún otro es buen juez del modo con que saben batirse mis compatriotas, y me hará desde luego la justicia de creer que el honor español es digno de que se le dispense esa hermosa confianza.

Repito a V.E. las seguridades de la alta consideración con que tengo la honra de decirme su más atento servidor Q.S.M.B. Firmado: Marqués de la Solana.'

El gobernador de Cádiz pudo hacer su ofrecimiento no sólo honroso, sino también eficaz, puesto que los cirujanos al servicio de la Armada española, tanto en los buques como en el Hospital de la Marina de Cádiz, estaban por su preparación a la altura de los mejores de Europa en aquel momento.

El almirante Collingwood que tan frío se mostraba en el combate demuestra su sensibilidad al manifestar a su Almirantazgo, entre otras cosas:

'Con el fin de aliviar [...] las dolencias de los heridos que tengo en mi poder, he enviado un parlamentario al Marqués de la Solana ofreciéndole la entrega de los heridos. No es posible pintar la gratitud que me ha demostrado por este acto de humanidad; el Marqués de la Solana me ha enviado un barril de vino y tenemos libre comunicación con tierra. Juzgue V. como estaremos por aquí por este hecho: el Marqués me ha ofrecido los hospitales para mis heridos, poniendo éstos bajo la salvaguardia y el cuidado del honor español. Nuestros oficiales y marineros que han naufragado con las presas, han sido tratados con la mayor bondad: la población entera acudía para recogerlos; los sacerdotes y las mujeres les daban vino, pan y cuantas frutas había; los soldados dejaban sus camas para dárselas a nuestra gente...'

Vemos, pues, que después de la catástrofe se revalorizaban los valores humanos y que la caridad de los gaditanos, caridad sin límite, no sabía ni de enemigos ni de fronteras, sólo sabía que existía dolor y que en sus manos estaba aliviar en lo posible tanta miseria.

En el Hospital Real de la Marina [...] llegaban por fin a término de su calvario a recibir si todavía era tiempo, y a expensas de un último sufrimiento, el auxilio del hierro del bisturí y el fuego del cauterio; hierro y fuego que si no menos doloroso que el de los fusiles y cañones, era por lo menos mejor intencionado y procuraba remediar todo el daño, que en aquellos cuerpos hicieran sus hermanos."
Quiso el destino que aquellos dos hombres, Collingwood y Solano, no sobrevivieran demasiado tiempo a los acontecimientos que se acaban de narrar; aunque el final de sus días fue bien distinto. El inglés, a partir de Trafalgar y hasta su muerte, no estuvo involucrado en otras acciones navales pero se ocupó de llevar adelante importantes operaciones políticas y diplomáticas en el Mediterráneo, al mando de la flota británica. Su salud, sin embargo, que había comenzado a declinar antes de la batalla de Trafalgar, se había deteriorado mucho, y en repetidas ocasiones pidió ser relevado del mando y así poder regresar a su deseado hogar en Morpeth. Pero, el Gobierno le hizo permanecer en su puesto, argumentando que el país no podía prescindir de sus servicios. Murió de cáncer, a bordo de su barco, frente a Mahón, el 7 de marzo de 1810. Solano, en cambio, acusado injustamente de "afrancesado", murió en Cádiz el 29 de mayo de 1808, linchado por la turba que lo había perseguido hasta por los tejados de la ciudad. Sólo una mano generosa, que le apuñaló certeramente, evitó -como dice Rodríguez Leirado (3)- "...la humillación de morir ahorcado como un reo común."

Por cierto, muy distinta habría sido la historia de América si aquel fatídico 29 de mayo de 1808, el capitán José de San Martín, jefe de la guardia del Gobernador Solano, hubiera sido asesinado también, como estuvo a punto de suceder.

BIBLIOGRAFÍA
(1) Sobre Francisco Solano V.:ZOLA, C. (2009): "Cádiz, en deuda con Solano". Ciudadano Gaditano. [Disponible en Internet:
(2) FERRER, D. (1983): Historia del Real Colegio de Cirugía de la Armada de Cádiz. 2ª ed. Facsimile. Cádiz, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz: 192-194.
(3) RODRÍGUEZ LEIRADO, E.: "El destino de dos hombres". Historias al márgen. [Disponible en Internet: http://www.almargen.com.ar/sitio/seccion/historia/solano/;consultado el 22 de diciembre de 2011).

* La primera versión de esta entrada se publicó en el blog Tiempo para la Memoria el 31 de enero de 2010.

4 comentarios:

  1. Mi queridisimo Dr Doña nuevamente con una entrada deliciosa. Recordé que había leído algo al respecto en un libro de historia española nada ortodoxo (Buenafuente. Lo que vendría a ser la historia de España. Ed Planeta 2010) pero muy ilustrativo donde describe a los integrantes de la flota aliada como "ancianos moribundos, campesinos malnutridos y soldados de infantería que no habìan visto nunca mas agua de la que cabe en una cantimplora". Me imagino que la media de edad de esos "ancianos" seria unos 35 años! como cambian las cosas. Fuerte abrazo y Feliz Navidad!

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  2. Mi querido Francisco: está claro que la buena educación ayuda en todas las circunstancias de la vida y embellece hasta lo que puede parecer más feo. Da mucha pena ver que se han perdido las formas en tantos ámbitos de la vida...Esa correspondencia y su circunstancia deberían servir de ejemplo a muchos, muuuuchos.
    Me ha parecido esta una entrada rigurosísima, por supuesto, preciosa, y muy oportuna.
    El cuadro de Turner es impresionante.
    ¡¡Muchos besos, Doctor!!

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  3. Gracias, Nata, amiga mía, por tus cariñosas palabras.
    El autor que citas no me parece demasiado "fiable", desde el punto de vista histórico; pero se ve que algo había leído sobre el asunto y lo interpreta a su manera. No obstante, sugieres un tema de interés, que nunca nos habíamos planteado... Y, ya que existen archivos de la época, podríamos comprobar cual era la edad media de esos "ancianos".
    Un abrazo muy fuerte, también para ti, y ¡FELIZ AÑO NUEVO!

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  4. La guerra me parece terrible e injustificable, querida Lola. Pero, al mirar atrás, con los ojos que hay que mirar la historia, al menos me consuela comprobar como aquellos caballeros -en el más amplio sentido de la palabra- manifestaron su humanidad y buena educación, procurando las mejores condiciones para los prisioneros y heridos. Creo que eran personas admirables.
    Gracias, como siempre amiga mía. Aprovecho la ocasión para desearte, a ti y a tus seres queridos, un año 2012 con salud, paz, amor, mucha alegría... Y que no falte la MÚSICA.

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