5 de diciembre de 2013

La Batalla de Borodinó y el cirujano Larrey

En 1822, diez años después de que tuviera lugar, el francés Louis-François Lejeune, que también fue general del ejército napoleónico, pintaba así la Batalla de Borodinó:

Batalla de Borodinó (7 de septiembre de 1812) pintada por Louis-François Lejeune en 1822

No entraremos nosotros a valorar las tácticas de los generales enfrentados, Napoléón (quien, por cierto, sufría de fiebre aquel día) y Kutuzov, ni discutiremos sobre si lo que parecía una victoria francesa fue el inicio de su derrota... De todo esto, yo al menos, no tengo conocimientos para poder hablar. Sin embargo, si podemos apuntar que se trata de una de las batallas más sangrientas y mortíferas de la historia. La estimación de pérdidas varía de forma notable según la fuente. Los franceses aseguraron haber sufrido 28.000 muertos y heridos, incluyendo 48 generales. Otras fuentes situan estas cifras en niveles mucho más altos: 50.000 muertos. Los rusos perdieron -según también las diversas fuentes- entre 38.500 y 58.000 hombres. ¡Terrible!

Ardua, muy ardua debió ser la tarea de los médicos militares de ambos bandos. Cirujanos, en su mayoría, que desarrollaban su labor en pleno campo de batalla, como nos muestra en su cuadro el pintor y general Lejeune. Entre esos médicos militares estaba el propio Cirujano Jefe del ejército de Napoleón, Dominique Larrey, y así nos lo muestra en su cuadro Lejeune (quien, por cierto, debía conocerle personalmente). Pero, acerquémonos todo lo que podamos a la zona donde los cirujanos están trabajando...


Sinceramente, no soy capaz de afirmar si Larrey es el hombre que aparece con la cabeza vendada (herido, por tanto) o el que se la venda. Sí está claro que ambos -entre otros- son médicos o cirujanos ejerciendo su labor en el campo de batalla.

Para saber como era Dominique-Jean Larrey con certeza, disponemos del retrato que le hizo, en 1804, su compatriota Anne-Louis Girodet de Roussy-Trioson.


Dominique-Jean Larrey nació el 8 de julio de 1766 en un pequeño pueblo del sur de Francia, en los Pirineos. Quedó huérfano siendo muy niño. Durante diez años fue el sacerdote de su parroquia quien se encargó de su educación, pero reconociendo en el muchacho grandes aptitudes, a los 13 años lo llevó a Toulouse, con su tío Alexis Larrey, Cirujano Jefe del Hospital Saint-Joseph de la Grave, en esa ciudad. Allí inició su formación médico-quirúrgica, que completó en París, junto a uno de los más grandes cirujanos de la época, Pierre-Joseph Desault (quien más tarde sería nombrado médico del hijo del guillotinado Luis XVI, el cual falleció en extrañas circunstancias, en 1795, mientras estaba cautivo en la prisión de El Temple; corriendo el rumor de que Desault, su médico, murió ese mismo año envenenado por haberse negado a ejecutar los proyectos criminales del gobierno revolucionario contra el heredero del trono francés). Larrey comenzó su ejercicio profesional como médico de la Armada, pero tuvo que desistir por sus continuos mareos; de modo que, tras un tiempo breve como cirujano ayudante de Desault ingresó en el Ejército, donde llegaría a ser Cirujano Jefe de los Ejércitos de Napoleón. Fue él quien creó el transporte de heridos mediante ambulancias, e introdujo los principios de la sanidad militar moderna, realizando los primeros "triajes" en el campo de batalla, estableciendo un orden de prioridad para el tratamiento de los heridos independientemente de su rango e incluso del ejército al que pertenecieran... Mucho más habría que añadir sobre esta gran figura de la historia de la medicina y buen hombre que fue Dominique Larrey. Pero, para saber más sobre él, les recomiendo el estudio que le dedicó el profesor José Luis Fresquet -que lo explica mucho mejor que yo- al que pueden acceder directamente en el enlace que inserto a continuación:


 


28 de noviembre de 2013

Venus en la consulta de Esculapio


Sir Edward Poynter (1836-1919). A visit to Aesculapius (1880). Tate Collection 

Siendo ella diosa tan principal, la hermosa Venus no puede ser atendida por otro médico que no sea un dios como ella misma, el dios de la Medicina -Esculapio para los romanos, Asclepio para los griegos- incluso para una afección tan banal y leve como una espina clavada en su delicado pie.

Así nos la muestra el británico Sir Edward John Poynter en este cuadro, donde la diosa aparece acompañada -como es habitual- por las Tres Gracias, visitando a Esculapio en su peculiar consulta, en un jardín al aire libre.

Más información sobre este cuadro se puede encontrar en el siguiente enlace:


29 de mayo de 2013

El síndrome de Satchmo


Louis Armstrong (1901-1971)

Es posible que nunca hubiéramos disfrutado de canciones como Hello Dolly!, When the Saints Go Marching In, o la maravillosa What a Wonderful World, en la peculiar voz grave de Louis Armstrong si, a mediados de los años treinta del siglo XX, el trompetista no hubiera sufrido la dolorosa ruptura del músculo orbicular de la boca a consecuencia de la fuerza con que apretaba la embocadura de su instrumento.

Armstrong tuvo que dejar de tocar la trompeta durante un año; y, aunque luego corrigió su forma de tocarla, desde entonces tuvo que evitar anteriores excesos y fue intercalando la voz con la trompeta en sus actuaciones.

En 1982 un médico español, el Dr. Planas, dio el nombre de "Síndrome de Satchmo", a la ruptura del músculo orbicular de la boca en trompetistas (aunque puede producirse también en los intérpretes de otros instrumentos de viento). Satchmo* era el apodo con el que se conocía a Louis Armstrong, y en su honor lo llamó así el médico español.


*El apodo "Satchmo" es una abreviatura de Satchelmouth ("boca de bolsa") usado por primera vez, en 1932, por Percy Brooks, editor de la revista Melody Maker.

Referencias:
  1. Planas J. Rupture of the orbicularis oris in trumpet playeres (Satchmo's syndrome). Plast Reconstr Surg 1982;69:690-3.
  2. Planas J. Further experience with rupture of the orbicularis oris in trumpet players. Plast Reconstr Surg 1988;81:975-81.

Agradecimiento:
La primera noticia sobre esta patología de Louis Armstrong me la dio una querida ex-alumna, María Sánchez del Solar, de quien estoy seguro que será tan excelente médico como músico. Gracias María.


25 de mayo de 2013

Aceite de ricino


Newton Alonzo Wells (1852-1923). Castor Oil (1891)

Se tapa la boca y mira a su madre con gesto lastimoso mientras ésta, convencida de sus efectos beneficiosos, por muy desagradable que sea su sabor, se dispone a darle una cucharadita del medicamento. Seguramente, no es la primera vez que el pobre niño se ha visto obligado a vencer las náuseas e ingerir el aceite de ricino.

Así nos lo muestra en este precioso cuadro, a finales del siglo XIX, el pintor y profesor de la Universidad de Illinois Newton Alonzo Wells.

El aceite de ricino, mal llamado también aceite de castor por su nombre en inglés, castor oil, procede realmente de una planta cuyo nombre científico es Ricinus comunis. Se ha usado con fines medicinales desde la antigüedad y aún hoy se sigue utilizando porque se le atribuyen -con no demasiado fundamento científico- múltiples indicaciones. No obstante, a lo largo de la historia, su uso más común ha sido como purgante; aunque en la actualidad, afortunadamente, se emplea fundamentalmente en cosmética.

9 de mayo de 2013

El retrato del Dr. Haustein, de Christian Schad


Christian Schad (1894-1982). Retrato del Dr. Haustein (1928)
Óleo sobre lienzo, 80,5 x 55 cm.
(C) Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid

Al contemplar este retrato se entrecruzan ante nosotros las historias de dos hombres, un médico y un pintor, a los que les tocó vivir en la convulsa Alemania del primer tercio del siglo XX, para seguir su destino de acuerdo con el aforismo orteguiano, en función de sus circunstancias. Pero no seré yo quien comente el cuadro en esta ocasión. Cedo la palabra a quienes lo han hecho antes y, seguramente, mejor.

En primer lugar transcribo, en su mayor parte, un artículo de Rocío Segura Rodríguez, publicado en Dame, la página web de la Asociación Española de Mujeres Dermatólogas:

"Pudiera parecer que he elegido este cuadro con toda la intención. Y es cierto que intención ha habido...
Pues sí, por un día abandono el museo del Prado y dirijo mis pasos unos cuantos metros más allá, al museo Thyssen, para contemplar esta obra maravillosa por el gesto, por su misterio, por su época, por lo que no muestra: Retrato de Dr. Haustein (1928), médico dermatólogo-venerólogo alemán, y lo que tal vez debería ser menos importante, judío.
Este cuadro sobrecoge. La mirada tranquila y serena del protagonista se oscurece con una sombra rara, algo tenebrosa, tétrica, parecida a la del conde Orlok de la película Nosferatu de Murnau (1922) y, quién sabe, puede que ese famoso fotograma influyera de alguna manera en Christian Schad a la hora de realizar este retrato.
El miedo se palpa en el lienzo, no en el Dr. Haustein. Se palpa, en la sombra, en lo que la sombra anuncia y que más tarde se haría realidad, la muerte.
Contemplo su rostro y me olvido de todo lo que le rodea. Su rostro me ofrece confianza, serenidad, seguridad, todo aquello que los pacientes buscamos cuando temerosos nos acercamos a un médico pidiendo, a veces exigiendo, la solución a aquéllo que nos aqueja. Realmente parece un buen médico. Y sólo él, sin lo demás nos dice mucho de su carácter.
Dicen de Schad que fue el artista menos político del movimiento de la Nueva Objetividad. Sin embargo en este cuadro Schad fue también tremendamente político, tal vez sin quererlo, sin llegar a ser consciente de todo lo que esa sombra presagiaba no sólo sobre el Dr. Haustein, sino también sobre toda Alemania.
También dicen de él que fue el artista que "más carga psicológica aplicó a sus obras" [...]. La piel y la mente. La piel representada por un dermatólogo, y la piel del lienzo que dibuja su lesión, su patología, en la sombra: lesión de un mal que iba arraigando en una sociedad cada vez más enferma.
Es posible que lo menos importante sea saber de quien es esa sombra -de hecho se sabe; una modelo profesional amante del Dr. Haustein- Lo más importante es la sensación de intranquilidad que crea alrededor del retratado, el miedo que imprime al cuadro.
El lienzo es la piel donde se plasma una realidad, soñada o vivida. Es la piel que nos habla de un momento, una persona, un paisaje, un sueño. Y como tal la piel del lienzo nos habla de la salud y de la enfermedad, unas veces de manera directa, otras como una sospecha, como una sombra.
Y este cuadro, este lienzo no nos habla de sífilis (el Dr. Haustein era un reconocido venereólogo) ni de los terribles efectos que sobre el cuerpo tiene. Tampoco nos habla de sarna, ni de lepra, ni de ninguna otra enfermedad visible por su impresión sobre la piel del enfermo. Nos habla de estos otros efectos que sobre la mente tienen ciertas enfermedades, en este caso, sobre las mentes de una sociedad enferma.
El Dr. Haustein se suicidó años después de que se le realizara este retrato cuando supo que la Gestapo iba a detenerlo".


Se puede acceder al texto completo de Rocío Segura Rodríguez pulsando sobre el siguiente enlace: Asociación Española de Mujeres Dermatólogas. Y las palabras de Rocío Segura nos llevan a la magnífica web del Área de Educación del Museo Thyssen-Bornemisza, Educathyssen, cuyo capítulo sobre este cuadro comienza así:

"Un hombre sentado, con las manos enlazadas, posa para el pintor que le hace el retrato. Bien trajeado, sus finas manos sugieren que se trata de un hombre refinado, de clase acomodada. Sin embargo, salvo por el objeto quirúrgico (cureta o cuchillo curvo utilizado en dermatología y otras especialidades) que deja ver parcialmente en su brazo, en el lugar donde se encuentra no hay algún otro detalle que permita completar su personalidad o profesión, ni siquiera vemos los brazos de la butaca donde seguramente apoya los codos. Retiene especialmente nuestra atención la intensidad de su mirada, sus enormes ojos negros y la sombra -que no es la suya- que se proyecta sobre el fondo, a su espalda. Sabemos que el retratado es el Dr. Haustein, un prestigioso dermatólogo especializado en enfermedades venéreas en cuya casa berlinesa se celebraban concurridas y animadas reuniones literarias y políticas, organizadas por su esposa Friedel. Son los años de entreguerras, cuando Alemania estaba regida por la República de Weimar y Berlín era una ciudad activa y liberal con una intensa vida nocturna en sus bulliciosos cabarets. La llegada al poder del partido nacionalsocialista en 1933 puso fin a ese periodo histórico. En ese mismo año, el doctor Haustein, de origen judío, acabaría ingiriendo veneno para evitar su detención por la Gestapo."

Es muy recomendable continuar leyendo este artículo de la página educativa del Museo Thyssen-Bornemisza -tan interesante como minucioso- sobre todo por cuanto dice sobre la biografía del pintor y las particularidades de su obra. Se puede acceder directamente al mismo pulsando sobre el enlace que dejo a continuación: Christian Schad en Educathyssen.

Seguramente, Christian Schad, no era consciente entonces de lo premonitoria que podía resultar esa fantasmagórica sombra que parece acechar al Dr. Houstein; no sólo para el médico -que se suicidaría cinco años después de que se pintara el cuadro, para evitar lo que le esperaba si le detenía la Gestapo- sino para el destino de toda Europa. Al fin y al cabo, no era otra cosa que la sombra de Sonja, la amante de Haustein, fumando un cigarrillo...

Durante todo el tiempo que he estado redactando esta entrada, resuena en mis oídos Lilí Marleen, la canción  alemana a la que puso música el compositor Norbert Schultze, en 1937, basándose en unos versos que había escrito el soldado Hans Leip, en 1915, mientras estaba destinado en el frente ruso durante la Primera Guerra Mundial. Lilí Marleen nació en Alemania pero la cantaron todos los ejércitos. No es una canción de guerra, sino de amor, y por tanto de paz.




*Actualizada el 5 de diciembre de 2013.
 

29 de enero de 2013

El oculista Forlenze


Jacques-Antoine Vallin (c.1760-c.1835). Joseph Forlenze (1807)
Óleo sobre lienzo. 209,6 x 128,3 cm.
The National Gallery. London

Nada hace pensar, al mirar este cuadro, que pueda tener relación con la medicina. Sin embargo, estamos ante el retrato de un destacado cirujano de finales del siglo XVIII y principios del XIX. Un cirujano a quien se puede considerar ya un auténtico especialista en oftalmología, uno de los pioneros de la especialidad: Joseph Forlenze. Quiero imaginar -imaginar tan solo, porque seguramente nunca podremos tener certeza de ello- que el hermoso paisaje, con el humeante Vesubio y el faro visto desde el Molo, el puerto de Nápoles, no sólo hace alusión a la tierra natal del oculista, sino que expresa además el beneficio que se obtiene tras la operación de cataratas -en la que era experto- al volver a disfrutar nítidamente de las maravillas que el mundo ofrece a la vista, y que la rosa que lleva en su mano derecha sería el símbolo de la delicadeza con la que Forlenze llevaba a cabo dicha operación.

En el pequeño municipio de Picerno, en la Basilicata, el 3 de febrero de 1757, cuando todavía esta región del sur de Italia formaba parte del Reino de Nápoles (y, por tanto, de la Corona española, siendo rey de Nápoles Carlos VII -Carlo di Borbone se le suele llamar allí- el mismo que, a partir de 1759, reinaría en España como Carlos III), nacía Giuseppe Nicolò Leonardo Biagio Forlenza, hijo y sobrino de cirujanos-barberos. Giuseppe inició sus estudios de cirugía en Nápoles; pero luego se trasladó a Francia para ampliar su formación, y en ese país ejercería como cirujano la mayor parte de su vida, hasta su fallecimiento en París, el 22 de julio de 1833, con 76 años de edad. Por eso se le conoce habitualmente con su nombre en francés y así le llamaremos: Joseph-Nicolas-Blaise Forlenze.

En París, Forlenze fue discípulo del más importante cirujano francés de la época, Pierre-Joseph Desault, de quien llegó a ser íntimo amigo y colaborador en sus estudios anatómicos. Luego se trasladó a Inglaterra, donde pasó dos años más formándose en el St George's Hospital, de Londres, que dirigía otro famoso cirujano: John Hunter. Viajó también a Holanda y Alemania para aumentar aún más su formación. Y ya de vuelta en Francia se estableció en París, ejerciendo como oftalmólogo. En 1798 operaba en el Hôtel National des Invalides y en el hospital más renombrado de París, el Hôtel Dieu. Operó a ilustres personalidades, como Jean-Étienne-Marie Portalis, célebre jurista que intervino activamente en la vida política francesa, tanto en tiempos de la Revolución como de Napoleón, o el poeta Ponce-Denis Écouchard-Lebrun, a quien devolvió la vista en uno de sus ojos cegado por la catarata desde hacía doce años y quien, como corresponde a su oficio, obsequió al oculista con una oda titulada Les conquêtes de l'homme sur la nature, en la que se pueden leer los siguientes versos:

"O lyre, ne sois pas ingrate!
Qu'um doux nom dans nos vers éclate
Brillant comme l'astre des cieux!
Je revois sa clarté première;
Chante l'art qui rend la lumière;
Forlenze a dévoilé mes yeux."

Aunque no sólo atendió a las celebridades, lógicamente. Forlenze trató en París a un buen número soldados, de los que regresaron tras la campaña de Napoleón en Egipto, que habían sufrido graves enfermedades oculares, como ya hemos comentado en este blog cuando hablábamos del barón Desgenettes, el médico jefe de aquel ejército.

Por supuesto, Forlenze nunca fue uno de esos cirujanos ambulantes que ofrecían sus servicios de pueblo en pueblo, y tantas veces tenían que salir huyendo al galope por culpa de los resultados de sus intervenciones. Él tenía su prestigiosa consulta en París; lo cual no fue óbice para que, en ocasiones, fuera llamado desde el extranjero para operar, por ejemplo, al cardenal Doria. Carolina de Borbón, duquesa de Berry, italiana como él, esposa y muy pronto viuda del delfín de Francia, una mujer de interesante vida, muy bella, y posiblemente con una afectación de la vista desde su nacimiento que trataba Forlenze, hablaba maravillas del médico.

Buena prueba de su categoría profesional son sus publicaciones, entre las que destacan Considérations sus l'operatión de la pupille artificielle (1805) y Notice sur le développement de la lumière et des sensations dans les aveugles-nés, à la suite de l'operation de la cataracte (1817).

Todo esto ocurría en la Francia que, por méritos propios, ocupaba el primer puesto de la medicina mundial. Era la época de Bichat y Laënnec o Corvisart, que llevarían a la profesión a la senda de nuestra medicina científica actual... la época de grandes cirujanos, como DesaultDupuytren o Larrey, capaces de realizar operaciones impensables cuando todavía ni la anestesia, ni la asepsia, ni el control de la hemorragia se aplicaban en cirugía. Y Francia, la inteligente Francia, no sólo honró al oculista italiano que el pintor Vallin retrató a los pies del Vesubio, en recuerdo de sus orígenes, concediéndole la Legión de Honor, nombrándole Caballero de la Orden de San Miguel y San Jorge, sino que lo hizo uno de los suyos, haciendo que Giussppe Nicoló Leonardo Biagio Forlenza haya pasado a la historia como Joseph-Nicolas-Blaise Forlenze.

Por la misma época, atravesando la Revolución, el Imperio y la Restauración, otro italiano de nacimiento llegaría a convertirse en uno de los principales músicos de Francia: Luigi Cherubini. Con la obertura de su napoleónica ópera Le Crescendo, estrenada en 1810, acabamos hoy.



22 de diciembre de 2012

Tres cuadros más sobre la historia de Erasístrato, Antíoco, Seleuco y Estratonice, pintados por Gaspare Diziani, Antonio Belluci y Angelica Kauffmann


Gaspare Diziani (1689- 1767). Antíoco y Estratonice
Óleo sobre lienzo. 88,3 x 55,9 cm.
The Bowes Museum. Barnard Castle, Condado de Durham, Inglaterra

Sin esperarlo, buscando información para otro tema, encontré este cuadro de Gaspare Diziani, un pintor del siglo XVIII que trabajó sobre todo en la república de Venecia, y he querido traerlo aquí sin más demora para ampliar la colección que habíamos iniciado en entradas anteriores, en las cuales se mostraban obras de Jacques-Louis David, Dominique Ingres y otros pintores sobre el mismo asunto: cuando el médico Erasístrato descubre, tomando el pulso y observando otras alteraciones físicas, que la causa del mal que afligía a Antíoco no era otra que el amor que sentía por Estratonice, la esposa de su padre. En las tres entradas que acabo de mencionar (y dejo enlazadas) se desarrolla el tema con más detenimiento.

Pero está comprobado que esta historia del "mal de amor" de Antíoco y Estratonice ha interesado muchísimo a los artistas porque, intentando documentarme más sobre el cuadro de Diziani, encuentro otro del ya citado en la entrada anterior, Antonio Belluci. De éste no he podido obtener una imagen reproducible, sino un video de YouTube. ¡Lástima no saber idiomas!


Y aún aparece un cuadro más, el primero que veo pintado por una mujer. Una mujer cuya biografía -en lo poco que hasta ahora he podido conocer de ella- creo que puede ser apasionante: Angelica Kauffmann.

Angelica Kauffmann (1741-1807). Antiochus et Stratonice
Óleo sobre lienzo
Musée Bargoin, Clermont-Ferrand, Francia

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